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lunes, 20 de octubre de 2014

Héctor Lavoe: Los tiempos pasados siempre mejores

La figura emblemática de Lavoe vuelve a estar en la mesa de tertulia en el día en que se recuerda su nacimiento (30 de setiembre), aunque lo que suele tenerse presente mayoritariamente es el aniversario de su muerte, paso inexorable a la condición de leyenda, mito permanente e ídolo de multitudes.

Aunque muchos estudiosos y músicos vigentes han cuestionado siempre el hecho de que Lavoe fuera un cantante sin recursos ni creatividad, de voz lineal y de "una sola nota", nadie puede negar, ni siquiera ellos, que lo que quizás le faltaba de técnica le sobraba de carisma natural y cercanía al pueblo mismo, y hablamos del más sentido bastión de su popularidad, aquel sector identificado en más de una manera con la carrera y trayectoria del cantante que "respiraba debajo del agua".


Y Lima lo tuvo en privilegio una noche de lluvia de 1986, en pleno invierno, como solía ser la temporada de la Feria del Hogar. Un concierto para la historia que se grabó en el colectivo de los fanáticos y que sirve de excusa para rendirle más homenajes y dedicarle parques y calles al antihéroe más reconocido en la subcultura de lo marginal e incluso en el lumpen. 
 


Es que Lavoe supo batir todas las barreras de imposición de lo oficial y destinarse a sí mismo un espacio propio y único entre los que hacían música y él, lejos de cualquier pose mercantilista, cantó lo que le dio la gana y del modo que se le antojó. Y entre tragos, drogas y malcriadeces de niño rebelde, Héctor Lavoe abría la boca y "salía gasolina".

Considerado uno de los mejores soneros, lo que ha asegurado su arraigo es, como ya se dijo, el carisma natural, su don de gente, ese sentido común para la vida y la enseñanza de la calle. Se dice que dentro y fuera del escenario Lavoe era siempre el mismo, irreverente y explosivo, pero siempre él, con la garganta sedienta de todo, y con la sonrisa torcida, sabrá Dios por qué razón.


Como se ha señalado, Héctor empezaba a cantar en momentos en que el movimiento a favor de los derechos civiles abría nuevas puertas para una comunidad puertorriqueña que hasta entonces no tenía posibilidades de vivir fuera del ghetto latino. De hecho, las masas inmigrantes ocupaban ya un lugar de excepción para los norteamericanos, quienes sentían invadido su espacio por algo más que latinos amigables que se habían forjado un espacio en el vecindario con sus costumbres y su música.


De hecho, es fácil advertir que el escenario musical de comienzos de los sesentas era uno de repetición o de amoldamiento, refiriéndonos a las largas listas de éxitos dejados por los músicos tradicionales de Centroamérica y el Caribe a fines de los cincuentas, corriente que fue percibida y aprovechada por músicos de la talla de Joe Cuba, Ray Barretto o Johnny Pacheco.


"No había una clase media puertorriqueña en New York", señala el periodista nuyorican Ed Morales, autor de The Latin Beat. "En ese momento empezaba a forjarse la identidad nuyorican" y Héctor Pérez no estaba involucrado en esa lucha directamente pero, según Morales, el binomio de Héctor y Willie Colón ejemplifica esa dualidad clásica del nuyorican. "Héctor casi no hablaba inglés, Willie casi no hablaba español; uno le enseñaba al otro cada idioma".


Para el cuatrista Yomo Toro, tener a New York como escenario fue fundamental para todos los que integraban el fenómeno de la Fania -sello discográfico que catapultó la salsa neoyorquina a nivel internacional y que agrupó a las legendarias Estrellas de Fania, integradas por músicos de las distintas orquestas del sello comandado por el empresario Jerry Masucci y el músico Johnny Pacheco.


El encuentro de Pacheco con Lavoe es harto conocido. "Yo tocaba en un club, el Habana San Juan en la 137 y Broadway, en Manhattan", cuenta Pacheco. "Él se sentaba en la esquina del escenario y me pedía que lo dejara cantar, esto era como en el '67, por ahí. Yo le decía: ‘A lo mejor mañana’, y así lo tuve como dos semanas. Entonces un día le pregunté: ‘¿Tú te sabes la canción ‘La mujer del peso’?’. Me dijo que la tocara, que él la cantaba. Empezó a cantar y se quedó con el canto". A Pacheco le impresionó de inmediato el talento de Héctor para la improvisación. "Él soneaba sobre lo que estaba pasando en el lugar donde estábamos... La gente se volvía loca con él, creo que de toda la Fania era el que más el pueblo quería", dice el autor de ‘Mi gente’ y ‘El rey de la puntualidad’.


Y lejos de lo que señalen los estudiosos, al igual que sucede con leyendas como Daniel Santos, Lavoe jamás imitó a nadie, algo que era privilegio de su estilo y su marca personal, como bien señalaba el compositor y hacedor de estrellas Tite Curet.


"Los fines de semana nos poníamos de acuerdo", dice Ismael Miranda, también de las estrellas de Fania. "Si tocábamos en Manhattan, él se quedaba en mi casa, y si era en El Bronx, yo me quedaba en la casa de él, que en esa época vivía en El Bronx. O si no, nos quedábamos en la casa de unas amigas en Saint Anns (una calle del Bronx)".


Como estas, hay muchas más, y son tantas las historias de la gesta de una época y de un género, pero más allá de ello, de una forma de ser y de una nueva cultura, que representaba la sencillez del barrio y la esquina, de esas que las hay por toda nuestra costa zamba..... Sonero!

A pesar de los años y las nuevas tendencias en estilos musicales, la aparición de los denominados nuevos "cantantes" en el escenario musical latino no ha mermado ni un ápice la figura insigne de quien fuera el símbolo del espíritu barrial de una New York candente en la década del sesenta, contexto en el que empieza a forjar la Salsa como fenómeno.



Una pasada encuesta llevada a cabo a través del Blog Expresión Latina, dedicada a señalar a los soneros más bravos de la escena latina peruana arroja nuevamente a Lavoe, el ‘Cantante de los Cantantes’, como el líder indiscutible de los escenarios tras 21 años de su desaparición, momento preciso para una nueva revisión de su aporte en la música que tanto nos gusta.


Y es entre canciones y algunos tragos sentidos, el alma rota y la conciencia apagada, que recordar a Lavoe es casi algo natural, así como él lo era, sin poses ni disfuerzos, solo él, como el niño mimado de la Fania que era para Cheo, o el cantante que se hizo solo que fue para Masucci y Pacheco. Un poeta de la calle, decían otros, sentimiento hecho canción, o la voz de un nuevo tiempo, uno en el que los hombres se labran solos un destino, sin importar las condiciones adversas ni los maltratos de la vida. Y eso se advierte en algunos de los más controvertidos personajes, nadie sabe explicarse cómo ni por qué pero así como solos se construyen solos se terminan, autoexplicando la ya difícil definición de sus propias existencias.

Que en paz descanses, Cantante!

domingo, 12 de octubre de 2014

(2014) Spanish Harlem Orchestra

Y si de estrenos se trata, les traigo lo nuevo de Spanish Harlem Orchestra (2014), siempre bajo la dirección del pianista nacido en el Bronx de raíces borícuas Oscar Hernández. 



Cuatro veces nominada y ganadora de 2 premios Grammy, la Spanish Harlem Orchestra ha lanzado su proyecto 2014 bajo el auspicio de la Fundación ArtistShare. La riqueza de composiciones y arreglos del menú que nos ofrece con esta su novísima producción sobrepasa las expectativas, no solo de corte de salsa dura, latin jazz y aportes universales, se reencuentra con la tradición y las herencia de la salsa de ayer y además da el salto necesario hacia la innovación y el toque genuino que le han valido ya ganarse un nombre y un estilo en nuestra música latina. 


En el disco intervienen, además del veterano vocalista Ray De la Paz, quien participa en el formato desde sus inicios, los vocalistas Marco Bermúdez y Carlos Cascante, además de los músicos George Delgado en las congas, Luisito Quintero en timbales, Jorge Gonzalez en el bongó, Jerry Madera en el bajo, Mitch Frohman en saxo y flauta, otro veterano, el gran Reynaldo Jorge en trombón, Doug Beavers en trombón y los trompetistas Héctor Colón y Maneco Ruiz.


Además, el disco trae dos invitados de lujo, el pianista Chick Corea y el soxofonista Joe Lovano, dos tremendos músicos provenientes de las canteras del jazz, quienes aportan bajo la batuta del maestro Oscar Hernández con su experiencia y conocimiento en la fusión perfecta entre salsa y jazz. 

domingo, 7 de septiembre de 2014

(2014) Ismael Miranda - Son 45

Gracias a El Universal

Ismael Miranda celebra 45 años de carrera artística

El salsero puertorriqueño promociona en su país su más reciente álbum "Son 45", que contiene temas de Víctor Manuelle, entre otros compositores.


El veterano salsero puertorriqueño Ismael Miranda promociona su nuevo disco, Son 45, producido por su compatriota Víctor Manuelle y el que coincide con sus años de trayectoria haciéndose conocer como "El niño bonito" de la salsa, reseña Efe.

"Esta nueva producción se hizo con mucho cuidado y responsabilidad social, para que todo tipo de público pudiera disfrutarla", dijo Miranda en un comunicado de prensa sobre el disco que cuenta con ocho temas.

El álbum, que contiene composiciones de Manuelle, Juan José Hernández, Johnny Ortiz, entre otros, según dijo Miranda, tiene el propósito de "complacer, tanto a la nueva generación de salseros" como a los seguidores desde sus inicios, fusionando la salsa clásica con la moderna.

La producción cuenta con ritmos alegres y pegajosos, mientras sus temas son pertinentes a las vivencias sociales, y proponen exhortación y esperanza en medio de las situaciones difíciles de la vida, agregó el comunicado de prensa.

En el disco, colaboraron reconocidos músicos del género caribeño, como Bobby Valentín, Richie Ray y Roberto Roena en el tema Bajo, piano y bongó.


Miranda comenzó su carrera profesional a los 17 años, concretamente el 17 de marzo del 1967, y su primera producción fue Rumbón melón.

En 1968, se unió a la orquesta de Larry Harlow, con quien inició una exitosa carrera que le convirtió en uno de los preferidos de la música tropical, colaboración de la cual surge El exigente.

De esa explosiva combinación aparecen además Larry Harlow presenta a Ismael Miranda (1968), Me and my monkey (1969), Electric (1970), Tribute to Arsenio Rodríguez (1971), Harlow's harem (1972) y Abran paso (1972).

Desde ese entonces, ha grabado o participado en alrededor de 90 producciones.

El artista boricua, quien se crió en Nueva York, fue también miembro de Las Estrellas de la Fania, considerada como la mejor orquesta de salsa en la historia por contar con los famosos músicos Héctor Lavoe, Cheo Feliciano, Harlow, Ray Barreto, Roena, Willie Colón, Valentín y Yomo Toro, entre otros.

Algunas de sus canciones más conocidas son Abran paso, Señor sereno, Pa'bravo yo y Borinquen tiene montuno.


Aparecido hace menos de una semana, les traigo en estreno absoluto lo nuevo del maestro Ismael Miranda, "Son 45". El disco está que arde y la rumba no se detiene, esto es Expresión Latina, la más grande pasión por la música. 


sábado, 6 de septiembre de 2014

Las hojas muertas del otoño

Debe haber sido a inicios de los años ochenta en que, siendo todavía niño, descubrí la canción Autumn Leaves en la versión grabada por el inmortal Nat ‘King’ Cole. Como ya se puede advertir, mientras los demás niños y luego adolescentes de mi entorno jugaban con la pelota o escuchaban a Los Violadores, yo prefería meterme de lleno en mi viejo tocadiscos Grundig a intentar descubrir los secretos de esa música maravillosa que atrapaba mis sentidos.


Y sin saberlo, había descubierto una joya absoluta del repertorio musical más complejo, entre el jazz, la canción. En particular, la versión de Cole que hizo historia. Sepamos algo más sobre este título, entre el cine, la música de elevada sensibilidad e incluso el latin jazz.

“Les feuilles mortes” es en realidad una canción originalmente húngara, compuesta en 1945 por los maestros Jacques Prévert  (letra) y Joseph Kosma (música) para la película “Les Portes De La Nuit” de 1946, escrita por el mismo maestro Prévert. La cinta se enmarca en lo que se conoce como realismo poético francés, género sobre el que se basa el movimiento del cine negro americano, del que Prévert y el director Marcel Carné eran absolutos tributarios.


Por su parte, la canción ha sido versionada por muchísimos cantantes, franceses al comienzo, y de habla inglesa posteriormente. La melodía del coro se convirtió en la década del 60 en un estándar casi obligado de jazz entre los grandes maestros, quienes desde sus perspectivas quisieron darle su propio estilo.

Al escuchar la primera versión, que hizo el inmortal Yves Montand para la película mencionada, pero grabada recién en 1952 en el álbum “Yves Montand Chante …”, se puede advertir una sensación de desasosiego en el alma, es una letra sencilla pero desgarradora.






La historia que cuenta no es nueva, es la clásica estampa de aquel que recuerda con profunda inexistencia una época de felicidad de pareja que se esfumó, como el agua o la arena entre las manos, como las hojas muertas que caen en el otoño y son llevadas por el viento. La pérdida no es la de la muerte sino la del desamor, del olvido natural, la sencilla levedad del sentimiento humano.

Así como era ya un éxito en la década del 50, fue tomada como tema principal de la película “Autumn Leaves” de 1956, dirigida por Robert Aldrich y que protagonizó la experimentada Joan Crawford. En la cinta que también protagoniza Cliff Robertson una mujer de mediana edad se enamora contra toda previsión de un joven mucho menor y vive una corta felicidad para luego descubrir que sufría de alteraciones mentales.


El dominio técnico de la Crawford le permitió prácticamente llevar sobre sus hombros al elenco entero, compuesto en la línea secundaria por Vera Miles y un muy joven Lorne Greene. Según se sabe, los guionistas habían considerado en un primer momento el nombre de “The Way We Are” para la cinta producida por la Columbia, pero tal fue la similitud que encontraron entre el argumento del film y la letra en inglés que había compuesto Johnny Mercer, copropietario del sello Capitol, para Jo Stafford en 1949 y que Nat ‘King’ Cole grabó en 1953 que le cambiaron el nombre de inmediato.



La versión de Nat ‘King’ Cole fue incluida en el álbum “Sings For Two In Love”, para el sello Capitol, primero en 1953 en la versión LP de 10” y en 1955 en la versión LP de 12”. Los arreglos y conducción de la orquesta son del maestro Nelson Riddle, un músico increíble conocido por ser el mágico hacedor de éxitos para la Capitol en las voces de Frank Sinatra, Judy Garland o Dean Martin. Y ha sido esta versión la inmortalizada hasta nuestros días.





No fue sino hasta 1957 en que se hizo versiones instrumentales del tema, convirtiéndolo casi al instante en lo que se conoce como un estándar del jazz, una pieza clásica que todo músico que se respete debe incluir en su repertorio para dejar su huella personal sobre la melodía original. Hubo versiones de Coleman Hawkins, Dizzy Gillespie y Duke Ellington. Esta última, aparecida en el álbum “Indigos” de 1957, es lenta y arrolladora por antonomasia, cantada en francés, rescatando la esencia original, e incluye el desgarrador violín de Ray Nance, lo que le da ese carácter propio a la canción.



Al año siguiente aparece la versión de Cannonball Adderley en el disco “Somethin’ Else”, en lo que es quizás la más conocida de todas las piezas de jazz que recrean este clásico, no solo por la magistralidad de la ejecución sino por los maestros que intervienen: Miles Davis (quien tuvo a su cargo los arreglos del tema), Art Blakey, Hank Jones. También sobresale la versión del virtuoso pianista Bill Evans (“Portrait in Jazz”, 1959), que sobre satura los sentidos con ese contrabajo del maestro Scott LaFaro que arremete en la epidermis para alojarse entre las emociones y la sensibilidad.





Nuestro ámbito latino no ha sido ajeno a la seducción de este clásico, versionando con distintos arreglos para latin jazz, cantado o instrumental, cada cual con mayor elegancia y éxito que el anterior.

La primera registrada es la del extraordinario vibrafonista Cal Tjader, quien la incluyó en su álbum “Mambo with Tjader” de 1954, en arreglo de bolero, casi en momentos en que el tema se estaba consolidando, conforme lo reseñado, lo cual no hace sino reafirmar, para quienes todavía no lo tenían del todo claro, de la magistralidad y aporte del maestro Tjader a nuestros géneros sabrosos.



Solo para graficar otras versiones, se conoce por ejemplo la del maestro Clare Fisher que la incluyó en su disco “Clare Declares” de 1977, con un arreglo de órgano y una ejecución que son de otro mundo. Así también, la del maestro del trombón Juan Pablo Torres en su célebre álbum “Cuban Swings” de 2001 o la de Francisco Aguabella en el disco “Cubacan” de 2002, esta última con una descarga de timbales que deja la piel de gallina. Sobresale la interpretación que hace del tema el maestro Bobby Matos en su producción “Gratitude” de 2007, en la que hay dos detalles por rescatar, la estupenda interpretación vocal de Dee Dee McNeil y el violín de Danny Weinstein, lo que lo sumerge en la nostalgia de las versiones originales sin perder el toque latino.




Aunque la letra y las emociones que esta canción despiertan son de angustia y desapego, la magia que la envuelve por ser tan musical y ser parte de la historia de la música la hacen inolvidable, eterna, imposible de que se desvanezca como las hojas muertas del otoño que el viento reclama sin objeciones ni argumentos.

Miraflores, 17/08/2014

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Esta nota de investigación aparece como columna colaborativa en la Revista Okónkolo del mes de agosto. Pueden pedir un ejemplar gratuito, en formato impreso o en PDF al correo OKONKOLOCALLAO@GMAIL.COM








sábado, 30 de agosto de 2014

(1958) John Coltrane & Red Garland Trío - Bass Blues

En 1958 apareció el álbum "John Coltrane & Red Garland Trio" para el sello Prestige, el mismo que 3 años después aparecería bajo el mismo sello renombrado como "Traneing In" y con una nueva carátula. 



Más allá de lo anecdótico del nombre y la imagen del disco, la producción sobresale entre las más buscadas de ambos grandes maestros por la sutileza de los entregables de esa placa, piezas de jazz de compleja facturación, sensualidad, elegancia. Reunión que fue posible por ser ambos compañeros de catálogo en el legendario sello Prestige. Se señala confianza y libertad como los atributos más saltantes en Coltrane en esta grabación. 

El 'Trane' aparece tocando el tenor y el Trío estuvo formado por Red Garland — piano, Paul Chambers — bass y Art Taylor — drums. 

El tema escogido es Bass Blues, composición del propio Coltrane, que empieza con un difícil riff de apertura y que continúa con una melodía ligeramente asimétrica, lo que permite mostrar la habilidad de Chambers para reflejar incluso las líneas más complejas o aparentemente improvisadas ​​de Coltrane. El ritmo de medio tiempo es un tobogán para las notas espontáneas del tenor, con el que también interactúa un jovial Garland. Una pieza que conmueve de principio a fin. 

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