Su nombre no lo diré, pero ella sabrá al leer esto que haberme escupido en la cara su odio inexplicado por Leo Marini fue su más lamentable error. Esa misma idiotez que hoy que la recuerdo le trae sonrisas sonrojadas a mi añejo rostro fue la que me trajo sufrimiento aquella tarde de sol incansable en San Miguel. Y esa misma locura infantil ha ido marcando mi vida tras los años, como aquella vez que por entre los barrotes de la ventana me enamoré perdidamente de la muchacha que me confesó que Cómo fue de Beny Moré era lo mejor que jamás había escuchado, o la tarde nefasta aquella en que perdí a aquella misma muchacha en algo que todavía no termino de lamentar en medio de boleros sagrantes y palabras hirientes.
Mi vida ha estado marcada por el bolero, desde niño, y no me arrepiento, porque es con un bolero que recuerdo eterna a mi Mamma Oli y es con otros que sigo hoy de pie, haciendo latir mi corazón a través de los ojos de mi hija preciosa. Un bolero es y será, no tengo dudas, el motor de mis días, que así como te enseña a entender la vida, te educa para sobrellevarla a pesar de los días y las noches.
Cómo entonces, por amor de Dios, no amarlo ni dedicarle algo más. Desde el año de 1992 me he dedicado a estudiarlo, pero no fue sino hasta el año 2003, fatídico y simbólico, que empecé a vivirlos en carne y sangre. La carne la ponen las vivencias y la sangre, aquella que la legendaria combinación del ron con el vino sabe entregar al ser humano, despojo de sus más oscuros fantasmas, como bien decía mi viejo amigo Alex Arteaga, que hasta el de hoy se deleita en medio de libros y discos aunque cada día con menos cabello sobre sí.
Ya lo dicen los estudiosos, sólo existen tres temáticas posibles para el bolero bendito: el amor correspondido, el no correspondido o el traicionado, igualmente dolorosos todos, porque como dicen algunos de mis viejos favoritos, no vale más sufrir por amor que nunca haber amado. Entonces, llega a mi mente la demente idea de hacer un homenaje al dolor, la fatalidad, el recuerdo perdido, la nostalgia guardada, que son los otros nombres del amor, como le digo diariamente a mi amiga Mariella y menos veces a la gran Lili Carmela, que todo lo saben y todo o sienten, mujeres concebidas y cuajadas en el trance del bolero, ése que no nos permite seguir adelante con nuestros cinismos trasnochados ni las máscaras más elegantes.
Hay mucho por decir del bolero, entre estudios y sentidos testimonios de carne y alma, y a ellos dedicaremos este mes, para que aquellos que no terminaban de entenderme lo hagan, pero a través de un bolero. Qué viva el amor, lo único que sigue moviendo al mundo, tampoco tengo dudas.







