Hace falta haber vivido el amor en todas sus facetas para sentirnos realmente vivos, de lo contrario no habría dolor ni perdón –parafraseando al gran Beny-, o ni este último ni mucho menos olvido –como sonaba una vieja guaracha interpretada por Pedro Miguel Huamanchumo, el de los Maracaibos-. El alma, después de todo, queda rota, para ella no hay zurcidos invisibles ni planes de reconstrucción. Como le digo siempre a mi amiga Mariella, en esos momentos de correcta soledad, abrazada a las pelusas de debajo de tu cama, refúgiate en el alcohol, sólo él te puede devolver aquellas carencias que la vida se empeña en acometer.

Pero ¿no es acaso comprensible que esto que delata las más intrínsecas y deliciosas monstruosidades sea lo que más atrae el humano individuo? Naturalmente. Somos esclavos de la misma locura que nos desnuda y a la vez la que nos viste de inmediato. Esa racionalidad de mueve a la velocidad de la luz, delatando al humano, advirtiéndole que hay un par de ojos y dos piernas curveadas que debe voltear a mirar, aunque se sabe también que no se debe.
Cuando termina la pasión, queda el hastío. Suele suceder que las personas se refugian en absurdos o en hobbies más dementes que la lujuria que los subyugó. Generalmente, descubrir que no hay nada en común con la persona de al lado es vacío puro. Los corazones se derriten y sucumben ante las siguientes figuras espectrales. El alma rota intenta recomponerse a riesgo de perder algunas astillas en el intento. La vida diaria es algo así como aire contaminado, una puerta entreabierta, o un vino torcido. A veces un retorno es peor que la ausencia. El aprendizaje en esta etapa es fundamental, aunque doloroso.
Finalmente, el desencuentro. Tras la frustración del amor, queda la soledad. Más veces de las que nos imaginamos, el alma se siente sola, tal vez cada nueva mañana, bajo el silencio de las sábanas o con el arrullo del agua que discurre por entre las carnes sin piel. Y es esa alma la que busca otra soledad, reconociéndose en la infinitud de la vida cotidiana para abrirse paso. Aquí se requiere valentía, más que sabiduría, por cuanto es una vulnerable ocasión para desnudar las complejas armazones del espíritu y exponer los sentimientos a tajo abierto. Y solo un beso, acaso cruel, acaso tierno, puede revelar la verdadera esencia del amor renovado.
Es que este recorrido es tan lento o tan vasto que no hace falta si no cerrar los ojos y dejarse llevar. Tal vez haya otros labios que anhelan estar cerca para besar, aunque nunca más vuelvas a sentirlo otra vez. Acaso.
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