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viernes, 4 de febrero de 2011

Tras las huellas del Danzón, el patriarca de los ritmos cubanos

Desde los días en que la danza criolla, formada a partir de la influencia de la contradanza francesa y el minué sobre la expresión originariamente cubana llamada Habanera, fuera transformada en ritmos más complejamente ligeros, rápidos y bailables por Miguel Faílde y Pérez en 1879, el danzón, ha seguido una historia casi mítica, envuelta en albores y silencios, pero nunca dejado de lado por la escena musical, siempre escuchado y, aunque dejado de bailar masivamente, irradia el respeto señorial del gran caballero de elegantes vestidura que tienen mucho por enseñar, como la sombra del viejo e incansable luchador que, yendo por la vida, enseña, aconseja y hasta procrea, porque su oficio es la victoria y su seña la eternidad.




La historia del danzón tiene un componente bastante importante, aunque ciertamente algo desvirtuado, en su derivación mexicana. Y es que, con ocasión primero de los auges discográficos de México como capital musical del continente hacia los años cincuenta y después los rigores de la revolución cubana, muchos de los músicos emigraron al país azteca para asentarse y hacer lo que mejor sabían, la música cubana. México, a través de Veracruz, los acogió y cobijó en su seno maternal de buen grado, incluso convirtió ese nuevo ritmo en su preferido, ya sea para las películas de una industria fílmica en ascenso o ya para los bailes familiares de los grandes salones en plena década del cincuenta, floreciendo la cultura de las danzoneras como agrupaciones típicamente especializadas en este género. Y aquí sufre una ligera adecuación a los gustos populares de los anfitriones, quienes le impregnaron su cuota de personalidad propia, lo que ha derivado hasta nuestros días como música con bandas, o mariachi o incluso conjuntos con marimbas que toca danzones. Y este es uno de esos casos en que lejos de cuestionar, salvo los puristas, se respeta la fusión natural sufrida por el paso del tiempo y la intervención del ser humano en un lógico proceso de humanización de lo que lo rodea, más cuando le es extraño y necesita hacerlo suyo de todas las maneras.






Pero el danzón cubano propiamente dicho, hecho en Cuba antes del exilio o fuera de la Isla tras la emigración de los talentosos músicos que lo difundieron antes de los cincuenta tiene otra historia, una historia de maestría y belleza musical. Es una historia ligada intrínsecamente al desarrollo social y al devenir histórico del pueblo, la gente de a pie, que como buenos cubanos, gustan del baile y de la exteriorización de la alegría interna, alegría traducida en esperanza con el transcurrir de los años y en voluntad inquebrantable con el paso de la historia.




La Cuba musical de comienzos del XX era una amalgama casi perfecta de influencias musicales, vivía un academicismo fulgurante en sus escuelas y salones, expresaba el sentir de una clase predominantemente artista e intelectual que se esforzaba en hacer de sus formas las del pueblo. Pero eso como siempre en las sociedades fracasa. Al final, bendito sea Dios, el resultado en inverso y las clases emergentes terminan por contagiar y volver en amasijo lo que era materia prima virgen, transformándolo en algo nuevo, más rico en calidad y más vivo en transcendencia. Pero los rezagos del esfuerzo de lucha y de entremezcla son interesantes de ser analizados.



Los instrumentos son delicadamente extraños para nuestro entender de ritmo latino, pero para los que intervinieron en la génesis del movimiento no tanto, es más, se puede decir que eran casi los que debían ser y no otros. Las orquestas típicas de los primeros años del XX incluían al cornetín, al trombón de pistones, un figle, dos clarinetes en DO, dos violines, un contrabajo, dos timbales y un güiro criollo. Y el matancero Miguel Faílde, que es el culpable de esta historia, dirigía una de ellas mientras componía en primerísimo “Las alturas de Simpson”.


La primera revolución en las entrañas del danzón se produce hacia 1910, cuando el clarinetista José Urfé sugiere agregar al final de la idea melódica central del danzón, que era única y exclusiva hasta este momento, un montuno, tomando del son de monte adentro ese elemento para transformarlo en la coda danzón. El producto fue estupendamente recibido, había nacido un nuevo danzón, pero éste era aceptado por propios y extraños, habida cuenta de la necesidad sanguínea del cubano por mover su cuerpo al ritmo de la música.



Los siguientes hitos en la historia del danzón tienen que ver con su desarrollo y evolución, gracias a las figuras de Antonio María Romeu y su orquesta de cámara y Arcaño y sus Maravillas, otra excelente propuesta musical de la época. Ambas consolidaron el danzón como padre y señor de los salones de baile y los clubes sociales, una experiencia popular de lo social como escenario para la creación que todavía no ha sido suficientemente estudiado. En ese contexto es que en 1939 el contrabajista de Arcaño, Orestes López, compone su “Danzón Mambo”, cambiando para siempre la música en Cuba y en el mundo. El desarrollo de esa incorporación sincopada del son generó un nuevo ritmo y una nueva forma de ser, no sabía que estaba creando el mambo y que poco tiempo después sería absolutamente consolidado por Pérez Prado y otros músicos más. Casi en paralelo, Enrique Jorrín hacía de las suyas con la creación del Chachachá como ritmo independiente del danzón.




El patriarca entraba en un período de decadencia y agonía. Con el resurgimiento del son oriental acomodado en las ciudades y los salones de baile, la presencia fosfórea del mambo y la alegría incontenible del chachachá, el danzón fue quedando relegado de la presencia musical necesaria en la Cuba del cuarenta. Incluso la guaracha arremetió desde la incontenible Sonora Matancera y Radio Progreso de La Habana para terminar con los días de gloria del otrora monarca del baile cubano.


Para estos momentos, la conformación orquestal de los conjuntos que hacían música en el escenario cubano tenía ya variantes respecto del formato típico, predominando el formato francés que incluía flauta, piano, instrumentos de arco (principalmente dos o tres violines y contrabajo, pudiendo incluir también viola o violoncelo) y percusión (timbales o pailas y güiro), como la Orquesta Aragón o la Orquesta Fajardo. Esta instrumentalización de tipo charanga tuvo gran auge en los cuarenta y cincuenta e incluso se asentó en New York hacia finales de los cincuenta en agrupaciones como la Joe Quijano o Ray Barretto, quienes le agregaron trompetas para definir una personalidad propia, como más contundente en la sonoridad.



Pero el danzón se siguió tocando, quizás con más frescura, fuera de Cuba. Como todo lo viejo, el danzón tuvo que dejar paso a los más jóvenes. El paso necesario hacia fusiones que lo revitalizaran fue inevitable. Así surgieron creaciones posteriores, nuevos instrumentos, talentos frescos, que aportaron desde su perspectiva la inventiva con base en el viejo danzón, tomando de él los conceptos melódicos básicos para transformarlos en suites, descargas o piezas de jazz latino estupendamente trabajadas.




Pero el danzón original entró en silencio obligado, un ostracismo social al cual fue empujado por las nuevas modas y del cual solamente se ha visto extraído por los estudios, revestimientos, homenajes y recreaciones de los últimos años. No hay duda en que la figura de algunos de los más importantes músicos cubanos ha estado ligada intrínsecamente al danzón cubano, como es el caso del famoso contrabajista Israel López, apodado "Cachao", de quien no podemos no hablar en sinonimia feliz con la del danzón o la descarga, ritmos que virtuosamente elevó a niveles de exhibición mundial.




Hoy el danzón ha sido, aunque relegado a ser recordado con homenajes y recuerdos, elevado a la categoría venerable de género de culto, estudiado y seguido por muchos, y no expatriado de los estudios de grabación. Ya sea en producciones originales, auténticas, o en arreglos y fusiones, encontramos mucha música producida en tiempo o con aires de danzón, músicos que le rinden tributo y que lo vuelven a la vida, como recurso necesario de revisión para cualquier proyecto que se precie de ser cubano y de ser artístico.

¡Larga vida al danzón!







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