jueves, 10 de julio de 2008

El amor nos matará...


El amor nos matará –le dije a mi amiga Mariella-, es un mal incurable, una locura que afecta las moléculas, las altera todas, haciendo de los seres humanos entes subvivientes que se laten, se hablan, se caminan, se dejan, pero no sienten ni escuchan nada que no sea la voz o el aroma del otro, de aquél que se ama, ese que te absorbe las ansias y carcome el alma, ese que te dice al oído que también te ama...

Hace poco tuve la extraña sensación de vivir cosas pasadas en el presente, como si el tiempo volviera atrás y recordé a mi amigo Marco y la famosa Teoría de la Regresión aplicada a la música, un ejercicio de onanismo mental que hiciéramos hace varios años, derivado de mucho por beber y nada por hacer. La teoría esbozaba, entre otras inciertas ideas, que la música se consume como el agua que corre por un manantial, jamás es la misma, es un agua nueva, y no retorna. Entender esto nos llevó más de una botella de ron, qué duda cabe. Hoy pienso, con la obvia sonrisa en los labios, que el tiempo es como el agua, discurre y no es el mismo, haciendo que el amor entregado sea único en un momento y en un espacio, y dirigido contra una persona, de manera que no es posible concebir repeticiones o comparaciones entre dos o más personas a las que se ama. O si?

Alguien alguna vez me hizo entender –y de qué manera- que lo que se hace luego se siente en carne viva. Cuando uno ama sufre, de cualquier manera, para bien o para mal, pero sufre. Y luego recuerda hechos del pasado, y entiende que el amor ya corrió por las venas, se fue, no retorna. Y con él las palabras, las caricias, las vivencias, las historias, los besos. Todo pasa por entre los dedos y las sedas, por entre los cabellos y los sudores, aromas todos del blando amor herido que va lastimando el aire día tras día.

Habemos algunos que tenemos en el cerebro la idea absurda de la eternidad, de lo profundo, lo total, lo absoluto. Qué locura. Qué enfermiza mente podría soportar los estragos de tantos boleros escuchados solamente para mantener vigente la inteligente tortura de los días idos tras el agua mansa de la insensatez que corre al lado de las emociones y lo sentimientos. Y es que, como lógicamente resulta, no existen absolutos que un ser humano en sus completos cabales admita, no existen , no los hay, no son de este mundo sino del divino, aquél en el que los ángeles se divierten y Dios los observa sonriente. La eternidad es pues un caso fortuito frente a las fuerzas mayores de la vida diaria, las que el hombre del lado comete, a veces impunemente. Qué más da.

Y cuando se resuelven los dilemas de lo momentáneo y de lo eterno quedan las experiencias de los amores vividos. Acaso podemos olvidar las miradas, las caricias, los besos, la piel sentida y las caras felices? Así como uno se entromete en el corazón del otro, así mismo, irremediablemente, debe salir, incluso a riesgo de ser arrancado como las astilla incrustada en la palma de la mano, así sin más, cada quién debe plantearse la exacta posibilidad de no ser el amor que replicado en los oídos se busca y se encuentra. No siempre somos lo mejor en la vida de alguien más. Hay que saber perder también. Yo creo que esa es la vida, saber ganar y saber perder, algo tan ridículo como eso, pero como siempre y como todo en el mundo de los boleros, hay que sentirlo para saberlo.


El amor me matará algún día, debatido entre más de un amor, ahorcado por más de un recuerdo, ahogado por más de un beso, asfixiado por más de una canción olvidada, contagiado por más de una infección del lado del alma, ese que no tiene cura. Por qué no me quedo en mis vacíos? He amado, lo confieso, y he amado mucho, y sigo amando, y sigo admitiendo mis débiles fuerzas para enfrentar las caras nuevas de cada esquina de cada día de cada instante de cada forma de cada nuevo bonito corazón que me encuentro y que me pide que lo ame que lo bese que lo estreche que lo envuelva...

Y me duele el pecho de tanto pedir perdón, de tanto estar solo con mis fantasmas y mis amores lejanos. Quiero besar el tiempo y pedirle que se quede conmigo, hacerle el amor para que quieto como nunca sea mío como siempre.

Como me dijo mi maestro somellier José Bracamonte -y yo le creo- aplicándolo a la vida, hay que amar todo lo que se pueda, mientras más se ame, mejor... Y añado, sin temor a equivocarme, hay que llorar todo lo que se tenga qué, que llorando nos hacemos más humanos, más puros, eternos, libres...

Miraflores, 28 de diciembre de 2005

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