viernes, 11 de julio de 2008

Señor, tiene el disco de “endochena"

Quién sino él cuestionaría la guitarra de don Rogelio Martínez como instrumento colaborador dentro del formato de la Sonora Matancera o contar con lujo de detalles el largo periplo del viejo órgano del Coro del Colegio Manuel Pardo de Chiclayo en aquella legendaria grabación de villancicos que hasta hoy se escuchan obligados en cada Navidad. Quién sino él se atrevería a ser irreverente como adolescente cuando ya pasaba los sesenta, dictando aquellas soberbias cátedras de ron cubano y regalando sus lisuras estupendas en cada recuerdo o anécdota. Quién sino él, sobreviviente del saqueo en la Plaza Unión, sobreviviente del boom de las disqueras nacionales de la década de los sesenta, sobreviviente del viejo oficio de grabar cassettes, pero ante todo, sobreviviente de la vida urbana.
Yo escuchaba el programa Su Majestad el Bolero en la radio cuando estaba todavía estudiando letras en la Católica. Inusual, pero cierto; risible para los más, pero cierto. Leo Ramírez anunciaba en sus espacios comerciales que toda la música del recuerdo se podía encontrar en Jr. Palca 212, en el Gran Almacén Musical de José Sardón. Tomé nota del aviso para comentárselo a Leysser en la universidad. Él como yo, estaba escuchando muchos boleros por esa época y queríamos aprender más, así que decidimos aventurarnos.


Una de tantas, aquella tarde en que decidimos ir en busca del dichoso jirón Palca estaba nublada, sombría, y ya era un poco tarde para seguir buscando. No sabíamos que Palca era una pequeña callecita del límite de Jesús María con Lima, cerca del Mercado que se ubica en la Av. 28 de julio, frente al antiguo edificio del Ministerio de Aeronáutica. Encontramos una reja verde cerrada, pero igual tocamos el timbre –eso decía el diminuto cartel al lado- esperando alguna respuesta. Ya estábamos por irnos cuando aparece un ser mitológico, un enorme señor, casi calvo y casi ebrio, dando saltos y gritando a voz en cuello qué buscan, a quién buscan, nos miramos y decimos casi a la vez, el gran almacen musical de Jirón Palca, está cerrado, estábamos buscando discos, qué cosa están buscando, boleros, ah bueno pero ahora no puede ser porque estoy ocupado, y nos fuimos con el firme propósito de volver pronto. Y asi fue, a la semana siguiente, viernes, estábamos ahí y nadie nos detendría.


Fue emocionante entrar a aquel pequeño templo de la historia musical, cuyas paredes perfectamente cubiertas de fundas de vinilos decoraban el salón principal y la trastienda, una sacristía guardada para los elegidos. En esa tienda concimos a conductores, cómicos, cantantes y coleccionistas, además de su grupo de amigos infaltables, Popi el Pulpo, el Esdrújulo y el flaco Manuel Zapata. Pero desfilaron figuras como Leo Ramírez o Ramón Alfaro. La magia de aquellas tardes no conoce forma de ser descrita en líneas escritas, tiene que vivirse, de eso se trata todo en la vida, de hacerlo más que decirlo, esa es la primera regla que aprendì de Pepe. La segunda regla fue muy simple, la gaseosa para el cuba libre debe ser siempre helada. Y la tía Elsa de la tienda de la esquina, aquella que acdereaba por su problema físico y que sabía muy bien lo que pasaba en esas sus cuadras aledañas, puede dar cuenta de esa tercera regla.

No hubo tarde en que no se escuchara la mejor música. Fue una intensa cátedra de vida. Un hombre de espíritu joven, fuerte pero sensible, con arrugas en el cuerpo y en el alma, pero siempre atento y amable. Hombre de bochas y de música. Hombre de ron. Gracias a Pepe conocí no sólo al Havana sino al Matusalén y al Añejo de Caldas o al Meyers. Y eran los quesos arequipeños, las aceitunas, las salchichas y los inefables cavanossi toda la parafernalia de la tertulia de cada viernes, entre la Sonora Matancera y Los Morochucos, como si fuera la primera vez que los escuchaba, acaso la última en esa forma.


Leysser fue pocas veces, de hecho dejó de ir a los dos meses a lo sumo, pero yo me volví sumo sacerdote del templo dedicado al ron y la música. Así como fueron pocos y muy raudos los forasteros que llegaron por ahí, era vcomo llevar invitados al show de The Simpsons, el Chino Oyata, Marco Garcia, el Gordo Javier, Neto Segovia, y siguen. Todos fueron, llegaron alguna vez, para que lo vieran, era un semi dios para nosotros, para mí.

Y la vida me lo arranco, sin saberlo, una vez más. Cuando llamé para saludarlo por su cumpleaños el 24 de junio me contestaron que ya no estaba. Me quedé silente en el teléfono, como cuando Josemari se marchó sin decirme nada. Me quedé ausente, pensdado en las tardes vividas, en los rones aprendidos, en las merlusas fritas de las 2 de la mañana de la Plaza Bolognesi, en las eternas tertulias de música, en las anécdotas y secretas confesiones, en la calva prodigiosa. Me quedé contigo para verte el próximo viernes, Pepito Sardón, un viejo maravilloso de casi 70 que me dejó ser su amigo, como pocos, como nadie.


Que en paz descanses, Pepito.

Miraflores, 11/07/2008
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