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viernes, 10 de julio de 2009

Eva, siempre airosa y necesaria: Quimba Fá Malambo Ñeque



El mes de mayo nos trajo -bendito sea Dios- una nueva entrega discográfica con la voz de Eva Ayllón, aquella voz maravillosa que vestida de criatura alada color rojo y blanco, pero esta vez provista de desenfado musical, principalmente de esencia negra, que reafirma su absoluta entrega al arte y la peruanidad. El disco acaba de aparecer y ya está dando que hablar, como repito, no sólo por la conjugación armoniosa de la voz de la Ayllón con las cuerdas y los golpes de tambor sino, además, porque el trabajo en conjunto ha producido un estupendo resultado de sonido y de aporte al redescubrimiento de las esencias negras de nuestra –o de inga o de mandinga- cultura mestiza.


Hace poco, disfrutando de un día soleado en Chincha, entre cachinas y un estupendo seco de carne con frejoles, descubrí apenado que la música que suele acompañar las tardes sureñas de la zona no es negra sino de cualquier otro origen, según el ánimo del colocador de discos. Y, sentado bajo el sol deliciosamente incinerante de Chincha, me puse a pensar si acaso estamos perdiendo de muchas nuevas maneras las esencias de nuestra cultura, que de por sí es ya compleja y variada, curtida en aderezos y lisuras, con olol de negro, cómo no, y sueños de libertad?

Venga de donde venga, la respuesta es casi unánime por desgracia. Sí, estamos dejando que las esencias se pierdan en la maraña insolente de ritmos ajenos que nos aturden y nos devoran, muchas veces mal camuflados bajo la sotana ecuménica de la fusión. Espectáculos antinaturales que demuestran esto sobran en el escenario continuo que se exhibe en la capital. Y el clamor es claro, hacer música no es fácil, fusionar inteligentemente menos todavía. Y por todo esto, cuando propuestas de claridad y corrección como la Eva Ayllón aparecen para entregarme de nuevo la esperanza de que es posible, me acomodo en mi sofá, cojo un perfumado italia y me dejo llevar por el viento y el viejo sueño de que nuestra música, mi música, es siempre posible, a pesar de todo.


Eva Ayllón, incansable heroína de las exploraciones musicales y de la apuesta definitiva por la creatividad, viene a aportar experiencia, calidad y sabor a este disco. Aunque ya han pasado algunos años desde aquel trabajo en el que Eva, acompañada del cajón de Rony Campos y la guitarra del maestro Óscar Avilés, entregara un trabajo en extremo experimental que demostró que su talla da para toda propuesta en la que se enfrente a la tradición con académica precisión y cuidado arte, la entrega de Quimba Fá Malambo Ñeque viene a reafirmar esa altísima y soberana calidad, aquel paso firme y bien puesto con el que exhibe su voz, decorándola de los recursos proverbiales con que el Divino la dotó.


En el disco, las líneas introductorias aportan la erudición necesaria para un trabajo que lo merece, como ecuación perfecta exactamente, y que a modo de exposición de motivos recorre medularmente los antecedentes necesarios de la propuesta para recalar en la excelencia del trabajo mismo.

Pero además de todo, el recorrido musical es por demás atrevido y quimboso, como tiene que ser. Eva Ayllón en este su nuevo disco se da el lujo de pasearse elegantemente por varios ritmos y aplican correctamente la cuota de fusión necesaria para completar un sonido nuevo y arrollador. Desde el Muñeco de la ciudad, ese clásico de 1957 que hiciera éxito el gran Nelson Pinedo, hasta el ya viejo Ánimo y Aliento, que grabara la misma Eva con Los Hijos del Sol, pasando por María Sueños, Adoro y Akundún, el disco es una descarga continua de sabor, sensualidad y exquisitez, como que negros son los ritmos que preceden las razas y la fuerza de la africanía que todos llevamos por dentro.

Escuchar Quimba Fá Malambo Ñeque me transporta inmediatamente, como en la visión final de la vida posible, a las tierras coloradas del Zaire donde las negras caderas se sacuden quimbosas en tanto las voces de los padres efok, las madres efik y los pequeños itotelés van elevando su poderosa oración para que la tierra, bendita desde todos los puntos de vista, se regocije en la alegría de sus hijos, los hijos de Gaia, los hijos del Sol.


Y me detengo en Adoro que, en tiempo de landó, viene a sorprender a propios y extraños, no sólo por la delicada y corajuda interpretación de Eva Ayllón sino también por la amalgama perfecta que se ha realizado entre el landó ancestral y el bolero yucateco. Al final del verso, un montuno preciso y el aporte negro reafirman junto al piano de Joe Rotondi la alta complejidad de la propuesta presentada en este disco.

Me detengo también en Akundún y Ánimo y Aliento, dos viejos conocidos que vienen revestidos de vientos frescos y dinamismo puro, maneras nuevas de enfrentar a estas generaciones jóvenes con la música que nos enganchó años atrás. Resaltante los trabajos de Tito Manrique en los arreglos y de Alex Acuña en percusión.


Visitar:
http://www.evaayllon.net/

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