domingo, 10 de agosto de 2008

Desde la Atenas de Cuba, con sabor...

Recuerdo claramente aquella tarde en que nos enrumbamos a buscar ese lugar secreto en busca de los videos perdidos de la Sonora Matancera. Era algo así como Prolongación Iquitos, estábamos con hambre y con ansiedad. El programa de Don César Caro Machuca había anunciado que la sesión de videos iba a estar de candela.

Y llegamos. Mi amigo Leysser León y yo, unidos por el fanatismo hacia lo antiguo y en especial lo cubano, así como años atrás habíamos ido en busca de aquel viejo maravilloso que significó Pepe Sardón. Y el lugar estaba plagado de viejos, como era obvio. No había duda, habíamos llegado.


El sitio era una especie de cueva del tiempo, perdida en medio de Lince de mediados de los noventas. Como era obvio, éramos observados con horror, acaso con asco o espanto, después de todo no era usual –y hoy lo es menos- ver a dos chibolos apoderándose de los recuerdos de otros. Y esa mirada de desprecio fue siempre común en esos años, cuando yo me acercaba a los viejos en torno de algún vendedor de vinilos en la avenida Lampa en plena época de ambulantes. Pero con una respuesta mía de algún cantante o disco extraño, pasaban de la burla a la indiferencia y luego, quizás, el respeto.

Ya bordeaban las cuatro de la tarde cuando arrancó la sesión de videos. Comentarios, sonrisas y camaradería de los dueños de casa, quienes al parecer siempre se reunían a departir y extender las nostalgias al lado de los naipes o el cachito. Y vimos una retahíla de videos antiguos de la Sonora, entre extractos de películas mejicanas en que aparecía la Sonora y algunos de los videos de conciertos o aniversarios más recientes.

Esa tarde la emoción fue tremenda, no sólo por haber sobrevivido a la experiencia de estar entre tanta vieja leyenda de la calle de media tarde sino porque se respiraba aliento de dragón jubilado, sabiduría y consejo gratuito. Fue bueno haber descubierto también varios videos que ni sabíamos que existían. Además, estaba con mi compadre Leysser, compinche de varias batallas, y eso era ya toda una experiencia.


Para quienes todavía no lo saben, la legendaria agrupación fundada con el nombre de Tuna Liberal, data de 1924 de la originaria Matanzas, una ciudad muy vieja y muy tradicional de Cuba. San Carlos y San Severino de Matanzas fue fundada en octubre de 1693 en un sitio privilegiado de la geografía norte de Cuba entre la desembocadura de los ríos Yumurí, San Juan y Canimar. Localizada en la costa norte de Cuba, Matanzas es la capital de la provincia del mismo nombre. La Atenas de Cuba, le dicen, por su desarrollo cultural y literario, todo lo cual despuntó a comienzos del siglo XIX con la llegada privilegiada de la imprenta a la ciudad de la luna yumurina. Hoy mantiene el liderazgo de las artes y las letras en la isla, privilegiándose como el eje cultural cubano.


Y fue precisamente entre las calles Jovellanos y Ayuntamiento donde quedaba la calle Salamanca N° 41, frente a los baños La Americana, en la plazoleta Ojo de Agua, en Matanzas, donde un 12 de enero don Valentín Cané funda la agrupación. El nombre original cambió hacia 1926 a Septeto Soprano y en 1927 a Estudiantina Sonora Matancera, contando ya para este momento con la presencia de don Rogelio Martínez. La época de oro de la Sonora fue fines de los cuarenta y todos los cincuenta, qué duda cabe, gracias a sus cantantes estelares de esos años y los éxitos que impusieron en toda la América mestiza. Esta vorágine de popularidad fue la que hizo posible los conciertos espectaculares en casi todos los países latinos con ovaciones febriles, como la de la Plaza de Acho de Lima en 1957.

Con una discografía más o menos oficial de 80 discos –la cifra es totalmente cuestionable, de hecho lo rico del tema es que al ser un grupo de culto, tiene muchos temas harto discutibles sobre los cuales los expertos y estudiosos no se terminan de poner de acuerdo- y algo de 12 películas rodadas entre Cuba y México, la Sonora se perfila como el colegiado musical de mayor aporte e influencia del siglo pasado en la música popular de nuestro continente, hecho que no es solamente atribuible al hecho de ser cubanos, lo que se suyo es por demás interesante y enriquecedor, sino porque sobra trayectoria, talento y dedicación al gusto del público. Ese fue el alimento más grande y que favoreció la longa existencia de la agrupación: estar a la vanguardia del gusto de la gente sencilla. Y mientras la gente bailó con notas alegres, boleros sentidos o rumbas contagiantes, la Sonora tuvo existencia.


Y al final qué queda de la Sonora. A mí, en particular, me quedan los recuerdos de la niñez, en mi casa, los cumpleaños y las fiestas de adultos, y en Radio América la legendaria Sonora Matancera. Años después, mi locura por coleccionar todo sobre música cubana llevándome a conocer gentes y lugares inimaginables con el afán de saber un poco más. Y quedan solamente las trompetas y las voces. Como dicen los viejos, ya todo está dicho, ya la Sonora lo dijo todo. Amén.
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