sábado, 2 de agosto de 2008

Feliz día, Perú!


Cuando una persona debe dar cuenta de sus competencias habla de sus cualidades y de sus defectos. Es lo más sano, psicológicamente hablando, que un individuo sepa identificar ambas, demuestra así su propio reconocimiento y la admisión de que es perfectible. Pero, honestamente, no nos gusta hablar de los segundos, mas sí de los primeros y exageradamente. Es natural al ser humano. Igual sucede con los países.




El Perú es un país rico en todo, con enormes cualidades y ventajas, pero es también un grupo humano lleno de defectos, qué duda cabe, envidias y mezquindades. De hecho, la historia de nuestro país está plagada de episodios lamentables de desamor a la patria y de falta de identidad, algo que se nos sigue endilgando a las generaciones presentes y que de seguro será tópico de amena charla o ferviente discurso en el mañana. A la pregunta tan recurrida sobre la jodedumbre de este país, la respuesta a mi modo de ver es simple y la construiremos juntos en las siguientes líneas.


Hace mucho, con algunos amigos intelectuales, lograba identificar las señas de la choledad, este producto inefable de la identidad de lo peruano que nos acompaña diariamente, como la perfecta amalgama de razas mestizas o la histeria colectiva de algunos pueblos altoandinos, algo que muchos han venido en llamar peruanidad y otros huachafería. En los noventas veíamos tomar forma a la cultura “combi”, algo que se gestó en la Lima de extramuros desde los setenta, pero que tardó en consolidarse muchos años hasta lograr hornearse en esta infesta de nubes grises y ánimos caldeados.



Hace poco, mi buen amigo Javier Perea me comentaba lo inverosímil que puede sonar en algunos bienaventurados el sentido de su patriotismo y sus elogios a la peruanidad cuando se nota que la persona hace shopping en Miami, desayuna en el San Antonio, toma sol en Asia y vive en el Golf. No es lo mismo ver al Perú desde los amplios ventanales del vigésimo piso de un edificio sanisidrino que desde los recovecos empinados del cerro San Cosme. Como dijo Rubén, "todo es según el color del cristal con que se mira ..."



Hay tantas cosas admirables y detestables de este bello país. Desde el que siente que todo lo puede por el color de su piel o por los dólares en su cuenta bancaria, hasta el que se orina en las calles del centro de Lima; desde el que suda a lomo partido en la Parada hasta el que roba descaradamente a costas de los demás desde su oficina gubernamental; desde la vieja costurera chismosa de algún distrito medio hasta el flete desalmado de cualquier parque. Ese es mi país, la tierra del jazmín, los geranios y las rosas, un lugar donde se le paga a futbolistas por perder partidos, una tierra donde perdemos desde un trapecio geográfico hasta un destilado de uva. Cuánto te quiero Perú.



¡Feliz 28 de julio, peruanos!
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