miércoles, 20 de agosto de 2008

Quien fuera (Primera entrega)

Por: Javier Perea Sicchar


La conoció una noche calurosamente insomne, envuelta en humo de cigarrillos y el oscilante resplandor de una pantalla de diecisiete pulgadas en medio de una habitación tan oscura que a duras penas podía distinguir su silueta.

No sería la primera que conocería por video cámara esa noche, estaba de cacería, estaba excitado y solo quería divertirse con alguna mujer solitaria que necesitara de la ilusión de tener un amante en su dormitorio, aunque estuviera al otro lado del mundo.

De hecho, el sexo virtual con desconocidas le resultaba “sexualmente seguro”; además, muchos de sus amigos enamoraban con gringas y europeas, porque una cosa lleva a la otra, y a veces, la soledad es más grande que el charco que hay que cruzar para conocer a aquella persona especial que solo conoces a través de la magia de la internet.

Fue ella quien inició la conversación, decidida a dar el primer paso, romper el hielo.

- Mi nombre es Carmen- escribió con sus largos y delicados dedos, con la más natural madurez que toda mujer a sus años tiene cuando se presenta a un desconocido.

Él solo atinó a presentarse y comentar sobre lo fabulosa que se veía a sus…¿cuarenta… cincuenta años? Luego pensó: - ¿qué importancia tiene?, es solo una vieja con quien joder a larga distancia.

Le pareció demasiado mayor, incluso para él que gustaba de mujeres mayores… y cerró la ventana de la pantalla en la que estaban conversando. Siguió con su búsqueda habitual, restando toda importancia a esa breve conversación.

No había podido dormir dos noches seguidas pensando en que pronto terminarían sus vacaciones y nuevamente las clases y el bullicio de las aulas. Exhaló fuertemente y comenzó a beber.
Antes que terminara la tercera botella de cerveza, se abrió nuevamente la ventana de Carmen.

- Discúlpame si soy inoportuna… pensé que querrías un poco de diversión… yo… yo no quiero compromisos…

Antes que terminara la frase, Carmen estaba haciendo lo que su interlocutor distante le pedía. Su rostro reflejaba seguridad, pero sus manos tímidas y temblorosas, decían lo contrario. Sacó uno de sus pechos marchitos y se lo mostró para complacerlo.

Él, a cambio, le hizo ver la erección que tenía bajo el pantalón, producto de las miles de fotos y videos que acompañaron su noche, aquella noche.

Al pasar las horas y pese a su hermetismo inicial, Carmen logró, hábilmente, arrancarle unas cuantas palabras de ternura y alguna que otra confesión, que bastaron para saber que él nunca conoció a su madre y que su niñez transcurrió en alguna playa lejana. Tal vez esa era la explicación de su dorada piel y sus cabellos iluminados.

Con el correr de las noches, las órdenes sexuales, fueron dejadas de lado, y cada vez, una conversación risueña y fluida, iba estrechando a los dos desconocidos.

Cada noche, él se sentaba frente a su máquina, esperando ansioso el momento en que ella, desnuda frente a su pantalla, más que su cuerpo, mostrara su alma, en un intento de aplacar el grito mudo que llevaba dentro. La esperaba para deleitarse con su largo y delicado cuello, sus breves pechos, sus amplias caderas y su cabello cano, que entre las sombras, le daban un aspecto irreal.

Ella le contaba de su día a día, de su vida, de su hija, de sus vecinos, del gato que crió desde que no tenía pelos y que ahora se ahogaba con pelotas de pelos cada vez que se lamía.

Mientras él, no contaba más que de la playa y de las niñas bobas que había conquistado y de la maestra de álgebra por quien se encerraba largas horas en el baño… y, entonces, callaba. Tras un largo silencio contemplándola y sintiendo como sus pechos se alzaban y bajaban dulcemente, cantaba:

- Estoy buscando melodía
para tener como llamarte
¿Quién fuera ruiseñor?
¿Quién fuera Lennon y McCartney,
Sindo Garay, Violeta, Chico Buarque?
¿Quién fuera tu trovador?...

Pronto se enteraría que ella no vivía al otro lado del mundo, sino, en Uruguay… en Punta del Este, el mismo lugar donde había pasado su soleada niñez, y antes que él dijera nada, ella le propuso que fuera a visitarla.


El mar, la arena, una mujer mayor que le ofrecía todas las comodidades a cambio de algunas caricias… no era mala idea para pasar un largo fin de semana fuera de Buenos Aires.

Juntos planearon su estadía en Punta del Este: Ella lo recibiría en el coche que fuera de su difunto marido y conduciría hasta un mirador donde verían el atardecer… bueno, él lo vería, porque ella, estaría muy ocupada haciéndole su primera felación. Luego irían a su casa, para continuar con los juegos sexuales y se encerrarían en su habitación hasta que lánguidos y muertos de hambre, decidieran salir a conocer la ciudad de noche, correr por las largas avenidas como dos locos semidesnudos, para luego volver y seguir atados a las sábanas.

Todo era perfecto, ella enviaría el dinero para que él fuera en ferri, porque sus propinas de estudiante universitario no podían pagar más que un boleto en autobús y porque el tiempo apremiaba a los amantes que querían aprovechar al máximo cada uno de los días que les había sido concedido.

Todo era perfecto, hasta que una de las noches, ella le confesó que su casa era una casa para ancianos, aunque claro, ella tenía solo sesenta años….¿¿¿¡¡¡ Sesenta!!!???, pero que no habría problema, porque son casas independientes, que, Rosario, su hija, no encontró mejor lugar donde dejarla luego de las largas noches de depresión posteriores a la muerte de su marido.

Cincuenta, sesenta, qué más da, eres la mujer más hermosa sobre la tierra, le dijo él, y siguió cantando:


- Corazón obscuro,
corazón con muros
corazón que se esconde,
corazón que está donde,
corazón en fuga,
herido de dudas de amor

(continuará...)
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